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    La Semana Santa contaminada

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    Por Dagoberto Tejeda Ortiz

    Es un carnaval subversivo, provocador, único, expresión
    de resistencia cimarrona, parte e identidad de la
    dominicanidad, que por discriminación y racismo es
    excluido y reprimido, aunque sobrevive como símbolo de
    resistencia.

    En una fase de amores entre la iglesia católica y la dictadura
    trujillista, los días festivos religiosos eran sagrados. La
    culminación era la Semana Santa. Era una semana de total
    recogimiento y espiritualidad.

    La conmemoración de la
    crucifixión y muerte del Señor era un trauma catártico de
    fortalecimiento del sistema, superado por la vuelta a la vida, la
    resurrección victoriosa de nuestro Señor Jesucristo.

    El lunes, martes y miércoles santo era de preparación para el
    jueves y el viernes, días de total recogimiento y de dolor. Solo
    se trabajaba en lo imprescindible, no se peleaba, no se les
    daban pelas a los hijos, eran evitados golpes en la tierra, las
    personas hablaban bajo, estaba prohibido bañarse en ríos, elmar y los arroyos, los vehículos no podían tocar las bocinas,
    desaparecían las campanas de la iglesia y eran sustituidas por
    matracas, se prohibían los bailes y todas las emisoras radiales
    colocaban solo música clásica, que el pueblo
    denominaba "música de muertos".

    El Viernes Santo, los vecinos y familiares intercambiaban
    dulces que se colocaban en la mesa del comedor. El sábado
    era día de regocijo (después fue el domingo) con la
    resurrección del Señor, con la llegada de la esperanza y con la
    alegría vendría la paz, aún con la quema del Judas, "la
    radio" ponía merengues y la vida volvía a la normalidad.
    A la caída de la dictadura el hechizo, la magia de la quietud y
    tranquilidad se rompió, la fe se hizo añicos al descubrirse el
    silencio cómplice por años de la iglesia católica con la
    dictadura, aún con el impacto y la osadía valiente de la Pastoral
    en defensa de los implicados en el 14 de junio y la postura
    antitrujillista de jerarquías y de una parte de la feligresía
    antitrujillista, ante la incredulidad colectiva, naufragó la fe.

    Entonces, todo el hechizo de recogimiento, de tranquilidad se
    esfumó y grandes partes de las actividades mundanas, para
    beneficio económico y comercial de una élite, surgieron con
    voracidad. El ron, la cerveza, las vacaciones, los hoteles y las
    fiestas pasaron a sustituir a las actividades religiosas. Las
    playas para las francachelas, los tours al exterior se
    multiplicaron, aumentaron las visitas a los moteles, la iglesia
    fue olvidada por mucha gente, la sobriedad y la solemnidad de
    Semana Santa se contaminó.

    Muchos años antes, en Europa, el papa Urbano IV, en su
    bula Transiturus, permitió que los cristianos pudieran participar
    enmascarados en las procesiones de Corpus Christi, cosa que
    en la colonia era normal en Cotuí y en la ciudad de Santo
    Domingo. En la elaboración del calendario judeo-gregoriano,
    donde la iglesia fijó las fechas oficiales de sus celebraciones, el
    papa Gregorio XIII permitió que los cristianos pudieran
    participar de las fiestas de las cosechas en lo que se bautizó
    como las carnestolendas, a realizarse tres días antes del
    Miércoles de Ceniza, de donde salió el "carnaval", que luego se
    multiplicó en nuestro medio, incluso en festividades de la
    iglesia, aún después de la Semana Santa.

    En lo que hoy es nuestro país, no trajeron al africano sino a "los
    africanos", ya que estaban integrados en diversas etnias,
    culturas y tribus, con lenguajes y creencias diferentes, los
    cuales se fueron integrando en los espacios posibles del
    cimarronaje, convirtiéndose en enclaves culturales que luego
    convivían con la imposición de la cultura cristiana occidental
    traída por los españoles.

    Mientras la cotidianidad de la mayoría de la población
    respondía a las normatizaciones impuestas por la cultura
    española colonial, núcleos afrodescendientes mantenían
    muchas de sus visiones del mundo y esencias de sus
    ancestros. La Semana Santa ocurre siempre con la llegada de
    la primavera; en el país prevalece la visión vigente de valores y
    códigos de la cotidianidad cristiana. Pero para los núcleos afro,
    la llegada de la primavera es el regalo de la vida, porque
    implica lluvia, flores y con ellas frutos que amortiguarán el

    hambre y la miseria, por eso la reciben con alegría, cantos y
    bailes.

    Pero esto choca con la solemnidad católica y todo es
    malinterpretado y erradamente reprimido, hasta metiendo
    presos a los grupos, impidiendo su celebración, en actividades
    seculares y tradicionales como el gagá y como novedad a las
    cachúas de Cabral. Oficialmente este es el "Carnaval
    Cimarrón", no porque los cimarrones tuvieran carnaval, sino
    porque es un carnaval de rebeldía, de identidad, fuera de las
    carnestolendas europeas, rural, sin comercialización,
    ecológico, sin intención de chocar con las celebraciones
    oficiales de la Semana Santa. Es un contra carnaval en
    relación con el carnaval de carnestolendas de la élite y el
    sistema social dominante.

    El que quiera  encontrarse con este Carnaval
    Cimarrón en la Semana Santa, hermosamente impactante,
    debe adjudicarse de las conceptualizaciones de unas ciencias
    sociales neocolonizadas, renunciar a prejuicios ideológicos
    discriminadores y racistas, y en diversos lugares del país,
    bañarse de gagá en La Romana, en San Luis, en Palavé o
    Boca Chica; gozarse las máscaras del diablo de Elías Piña y
    encontrarse con un gagá teatralizado simbolizado por Cun Cun,
    la única mujer "jefa de gagá" del país en Elías Piña; sudar con
    los negros de la Joya o El Peje en Guerra, dialogar sin hablar
    con los cocoricamos y las tifúas de San Juan de la Maguana,
    para concluir el sábado, el domingo y el lunes, después de la

    Semana Santa, con las impactantes cachúas en Cabral,
    Barahona.

    Este inédito carnaval cimarrón no tiene nada que ver con el
    carnaval de carnestolendas europeo traído por los españoles,
    ni con el carnaval comercializado a nivel urbano; es una
    celebración por la llegada de la primavera, en comunidades
    pobres. Es un carnaval ecológico, invisibilizado, despreciado,
    discriminado, no valorizado por parte de la política oficial del
    Estado. Es un carnaval subversivo, provocador, único,
    expresión de resistencia cimarrona, parte e identidad de la
    dominicanidad, que por discriminación y racismo es excluido y
    reprimido, aunque sobrevive como símbolo de resistencia,
    donde se expresan manifestaciones populares e identidades,
    patrimonios de la nación, en peligro de extinción por la
    ausencia de políticas públicas de apoyo, protección y
    revalorización del Estado, de una manifestación cultural que
    realmente no contamina, sino que enriquece a la Semana
    Santa.

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